UNIDAD 4. EL RELATO DE UN PÍCARO (3)

A lo largo del siglo XVI la prosa en castellano se desarrolló en dos direcciones: la prosa didáctica y la prosa de ficción.

Entre los géneros que produjo el humanismo renacentista dentro de esa prosa didáctica, destacamos el diálogo (un género típicamente renacentista, vinculado a la difusión de la ideología erasmista, una literatura verosímil, cuya principal finalidad era la de educar), la miscelánea (obras que tratan sobre asuntos variados) y la historiografía. Esta última tuvo mucha importancia a lo largo del siglo por el interés renacentista por conocer la historia nacional, pero también por los llamados cronistas de Indias: Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo o el padre Bartolomé de las Casas, entre otros.

En cuanto a la prosa de ficción, debemos recordar que la novela se desarrolló plenamente en el Renacimiento. El término de “novela” se empleaba para referirse a narraciones breves, mientras que las más extensas se conocían como tratados, libros, historias o vidas. Entre las modalidades de ficción destacan:    

  • Libros de caballerías.   
  • Novela pastoril.
  • Novela morisca
  •  Novela italiana.
  •  Novela bizantina o de aventuras.
  •  Novela picaresca.

LA NOVELA PICARESCA. LÁZARO DE TORMES

Frente a la idealización del mundo que representan los libros de caballerías, aparece en 1554 una obra anónima, La vida del Lazarillo de Tormes, de sus fortunas y adversidades, que presenta una visión más realista e inicia un nuevo género en la narrativa española, la novela picaresca, que se desarrollará en el siglo XVII. Esta obra supuso una gran novedad respecto a las narraciones idealistas que triunfaban en su época. Y es que El Lazarillo rompe con esta tradición y propone nuevos esquemas narrativos. Por primera vez en la historia de la literatura, un desventurado nos cuenta, de forma autobiográfica, las diversas peripecias por las que ha pasado en su vida.

EL TEXTO DEL LAZARILLO

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades apareció por primera vez en 1554, en cuatro ediciones diferentes. Lo más probable es que existiera una edición anterior hoy desconocida. Tuvo un notable éxito, pero pronto, en 1559 fue prohibida. En 1573 volvió a ser permitida su impresión, aunque expurgada. Se editó así desde entonces constantemente, sobre todo a partir de la aparición del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Hasta 1834 no volvió a publicarse en España el texto completo.

LA FECHA DE COMPOSICIÓN DEL LAZARILLO

No conocemos a ciencia cierta la fecha de composición del Lazarillo. En la misma obra aparecen ciertas referencias históricas, pero estas no son concluyentes. Tales referencias llevaría a situar la acción del Lazarillo entre 1510 y, quizá, 1546. Ello haría muy probable que la fecha en la que se escribió la obra fuera bastante próxima a la de las primeras impresiones conocidas, es decir, hacia mediados de siglo.

Esto significa que el autor del Lazarillo reflejó en su obra la situación social e histórica de la España de su época, es decir, la primera mitad del siglo XVI. Si deseas repasar la historia del periodo te enlazamos este video.

EL AUTOR DEL LAZARILLO

El Lazarillo se publicó anónimo y, posteriormente, se ha atribuido a muy diferentes autores. Ninguna de estas atribuciones aporta pruebas completamente convincentes. Las ideas que aparecen en la obra han llevado a los críticos a formular hipótesis sobre las características del autor: un erasmista, un converso o incluso un criptojudío, algún franciscano…

EL GÉNERO Y LAS FUENTES DEL LAZARILLO

Para presentar como creíble la historia de un personaje de baja extracción social, el escritor decidió emplear un molde que ya existía, la carta mensajera de contenido autobiográfico. Este tipo de cartas tuvieron una enorme difusión en el Renacimiento y muchas de ellas, inventadas o reales, fueron reunidas en libros.

Empleando este modelo, el autor del Lazarillo consigue una apariencia de realidad indispensable para hacer verosímil la historia de un humilde pregonero, y contribuye con ello al afianzamiento del subgénero novelístico de la picaresca. A este modelo el autor suma la aguda observación de la realidad de su época, además de integrar de forma original fuentes literarias de muy diverso origen. Destacan:

  • El asno de oro. Obra del escritor latino Apuleyo, con la que el Lazarillo coincide en el relato en primera persona de episodios biográficos que se estructura en torno al servicio de varios amos.
  • Baldus. Obra de italiano Teófilo Folengo, consiste en una parodia de los libros de caballerías y de los poemas heroicos a través de un personaje de origen humilde que relata su autobiografía.
  • Autobiografías ficticias.
  • Novelas italianas y relatos populares.

Al aunar estas influencias con la observación directa de la realidad contemporánea, el escritor del Lazarillo mostraba su pretensión de verosimilitud, un propósito muy ligado al humanismo.

LA ESTRUCTURA DEL LAZARILLO

Como hemos señalado antes, la composición del Lazarillo se articula en torno a dos modelos estructurales: la autobiografía y la epístola. Todos los elementos adquieren un sentido porque forman parte de la historia de la vida contada por él mismo, siguiendo un modelo de carta dirigida a un desconocido «Vuestra Merced».

La obra se compone de un prólogo y siete tratados, que varían mucho en extensión. Para Francisco Rico, el autor ha seleccionado aquellos trozos de la vida de Lázaro que más se relacionan con el «caso»: relata con detalle los episodios de mayor relevancia y pasa más rápidamente por los restantes. La novela se fundamenta en el aspecto folclórico de lo que cuenta y se rige por la simetría alrededor del tres, algo habitual en los cuentos.

Prólogo

Se elogia la novedad que se va a tratar, señalando que, según los gustos de cada cual, se puede obtener de su lectura deleite o provecho moral. Además, se menciona la honra y la fama que los libros aportan a quienes escriben y se justifica la redacción de la autobiografía como respuesta a la petición hecha por «Vuestra Merced»

Tratado I-III: proceso de aprendizaje

Los tratados I al III, los más extensos, forman un bloque en el que Lázaro niño va descubriendo con sufrimiento el mundo que le rodea y en el que debe aprender a sobrevivir.

  • Tratado I. Relata con ironía los orígenes humildes del protagonista, hijo de un molinero ladrón y de una mujer que, tras quedarse sin marido, ejerce diversos oficios. Es su madre quien decide entregarlo a un ciego, que es el encargado de despertar a Lázaro de la inocencia infantil y hacerle ver que la astucia es indispensable para vivir. El maltrato recibido provoca que Lázaro se vengue de él y lo abandone.
  • Tratado II. El motor del aprendizaje será el hambre, que su nuevo amo, el cura de Maqueda, le hace pasar. La avaricia de este clérigo le obliga a ingeniar continuas tretas para poder mantenerse. Es el primer amo religioso de Lázaro y en él se critica su carácter avaro, egoísta y falto de caridad.
  • Tratado III. Lázaro sirve a un hidalgo pobre o escudero, con el que al tema del hambre se suma la obsesión por la honra de su amo, que le impide trabajar para sobrevivir. Esta postura, incomprensible para el protagonista, despierta su compasión por el noble, que acaba por abandonarla protagonista. En este tratado aparece el estamento de la nobleza y Lázaro evoluciona moralmente, al empatizar con su amo.

Tratados IV -V: adolescencia de Lázaro

En estos tratados aparece un Lázaro algo más maduro, que se pone al servicio de un fraile de la Merced y un vendedor de bulas. Con ellos comprueba la vida poco cristiana de algunos clérigos y cómo el engaño se ha convertido en un patrón habitual de conducta social.

  • Tratado IV: Lázaro se asiente con un fraile de la Merced, quien le regala su primer par de zapatos. Es la primera propiedad de Lázaro y la primera señal de mejora. El personaje del fraile entronca con la tradición de los clérigos lujuriosos y libertinos. Lázaro lo abandona al poco de entrar a su servicio: «Y por esto y por otras cosillas que no digo, salí dél.»
  • Tratado V: el quinto amo de Lázaro, el buldero, está tomado de la realidad cotidiana de la España de Carlos V. El buldero era un predicador profesional, contratado para aumentar la venta de las bulas. Una bula era una indulgencia o privilegio, que otorgaba el Papa a cambio de una limosna y que dispensaba a quien la obtenía de ciertas obligaciones religiosas o litúrgicas (especialmente en cuestiones relacionadas con el ayuno de Cuaresma) Las bulas fueron concebidas inicialmente para contribuir a los gastos de las cruzadas contra los moros.

Tratados VI y VII: madurez de Lázaro

Tras estar brevemente con un pintor de panderos, un Lázaro prácticamente adulto entra al servicio de los tres últimos amos: un capellán, un alguacil y el arcipreste de San Salvador. Con ellos alcanza sus primeros oficios remunerados, puede vestir honradamente y acaba contrayendo matrimonio.

  • Tratado VI: Lázaro sirve a un pintor de panderos y al capellán de la iglesia mayor de Toledo. La identidad del pintor de panderos resulta difícil de precisar, ya que en la época existían «maestros de pintar» o «maestros pintores», a cuyo servicio tenían un aprendiz que molía los colores. Lo más probable es que Lázaro se refiera a un buhonero o a un vendedor ambulante de panderetas y objetos afines. Los buhoneros tenían mala reputación y se dedicaban a actividades semejantes a las del buldero: vendían productos atribuyéndoles especiales poderes curativos o milagrosos.

En cuanto al capellán, forma parte de los personajes del clero que explotaban la concesión de un negocio, desoyendo las condenas enérgicas de los autores cristianos.

  • Tratado VII: Lázaro sirve a un alguacil, una especie de policía de la época, a quien abandona al poco de entrar a su servicio por ser un oficio peligroso.

El arcipreste de San Salvador le consigue un puesto de pregonero en Toledo y concierta la boda entre Lázaro y su criada, quizá para ocultar sus relaciones con la mujer. Este es el «caso» que ha motivado la redacción de la carta dirigida a Vuestra Merced: el supuesto ménage à trois.

Aunque Lázaro lo considera una suerte y un logro magnífico en su vida, el oficio de pregonero era considerado como uno de los más infames y viles. Su trabajo consistía en vender vinos y otras mercancías por las calles, acompañar a los delincuentes en las ejecuciones.

La costumbre de los clérigos de casar a sus amancebadas con criados suyos y para acallar posibles rumores y disimular tanto los embarazos como los abortos era relativamente frecuente. Las pragmáticas prohibían al matrimonio vivir en casa del sacerdote, por eso Lázaro y su esposa se instalan en una «casilla» cercana. También castigaban duramente, con diez años de galeras, al marido que consentía el amancebamiento de su mujer con el clérigo en cuya casa servía. Por ello, Lázaro insiste en negar la veracidad de los rumores para eludir la pena de galeras.

PERSONAJES

En la variedad de personajes que pueblan el Lazarillo, de diferente extracción social, encontramos otra muestra de la original integración de realidad y literatura. Destacan:

Lázaro, el pícaro protagonista

Es un mozo de humildes orígenes que para hacerse un hueco en el mundo está dispuesto a ejercer diversos oficios, a veces poco lícitos. Lázaro es un personaje desarraigado, marcado por el deshonor y la pobreza. Debe luchar por su propia supervivencia en un medio hostil, lo que consigue con ingenio y astucia

Es consciente de que vive en una sociedad dominada por el engaño y la hipocresía. No tiene ideales; su única preocupación en la vida es saciar el hambre y mejorar social y económicamente.  Con el ciego toma conciencia de su propia soledad y la asume. Evoluciona a lo largo de la obra y, al final, ya maduro, es un hombre cínico y oportunista, que acepta sin escrúpulos una situación deshonrosa.

La creación del personaje de Lázaro va a ser un rasgo de gran importancia en la constitución del nuevo género literario: es característica de la novela moderna que los personajes se vayan modificando a la par de las circunstancias de la vida. Este rasgo se encuentra ya en el Lazarillo, cuyo protagonista va cambiando desde el principio al fin de la obra. El Lázaro niño es muy distinto del Lázaro adulto. La importancia de este hecho se refleja incluso en la estructura misma de la obra. La novela consta de un prólogo y de siete tratados. El último tratado revela que la obra es una carta de contestación en la que se explica un caso: las habladurías en torno a las relaciones de la mujer de Lázaro con el arcipreste de san Salvador. El caso tiene una importancia fundamental porque es el pretexto para que el personaje cuente su historia. Debido a ello, la novela se estructura desde el final, porque los episodios que en ella se incluyen son seleccionados para explicar el caso. Los otros seis tratados pueden dividirse en dos partes: los tres primeros, más extensos, muestran el aprendizaje de Lázaro en la adversidad. En los otros tres, Lázaro empieza a mejorar su nivel de vida. Ha aprendido lo suficiente para sobrevivir, lo que explica que consienta las relaciones adúlteras del arcipreste con su mujer, ya que éste le ha proporcionado un modesto empleo.

La familia de Lázaro

Los lazos familiares marcan a Lázaro con la deshonra desde sus orígenes, ya que su padre y su padrastro son acusados de ladrones y su madre no parece llevar una vida demasiado honorable. También el comportamiento de su mujer es deshonroso.

El ciego

Recoge limosna a cambio de oraciones. Este personaje era también reconocible para los lectores de la época, no solo por su presencia real en las calles, sino por ser además un modelo con abundantes precedentes literarios. Algunas de las anécdotas que le suceden a Lázaro tienen su origen en relatos tradicionales. Su carácter irascible y suspicaz lo llevan a escarmentar violentamente a Lázaro cuando este trata de quitarle a escondidas comida, y entre ellos va creciendo un rencor que acaba con la venganza y el abandono de Lázaro. Sin embargo, es el ciego quien lo despierta de su inocencia y le enseña la necesidad de ser astuto en la vida.

El cura de Maqueda

Representa la figura del avaro, conocida  desde la literatura antigua. Su codicia y su gula suponen una crítica a la falta de valores cristianos en algunos sectores eclesiásticos. El hambre que Lázaro sufre con él lo obliga a aguzar su ingenio nuevamente para alimentarse.

El hidalgo

Pertenece a la capa más baja de la nobleza y encarna la obsesión por la honra heredada y la limpieza de sangre, que le hacen simular una apariencia que no se corresponde con su miserable vida. Aunque en el siglo XVI tenían el privilegio de no pagar impuestos, su orgullo les impedía trabajar en ningún oficio que no fuera el de escudero, por lo que su situación económica era, a veces, muy difícil. Lázaro critica sus consideración exagerada de la honra pero se compadece de él y le consigue alimento.

El buldero

Es un personaje que vive aprovechándose de la ingenuidad de los fieles cristianos, un tipo frecuente en un momento en que era habitual la venta de bulas y privilegios papales. Con la escenificación del falso milagro acaba con la poca ingenuidad que le quedaba a Lázaro.

El arcipreste de San Salvador

Es una prueba más de la hipocresía y el interés material común a otros personajes de la obra. A pesar de ello, el protagonista lo considera su protector. El «Vuestra Merced» a quien se dirige Lázaro aparece citado como amigo del arcipreste y probablemente sea algún superior suyo.

EL ESPACIO Y EL TIEMPO EN EL LAZARILLO

El espacio de la novela no es el anacrónico de los libros de caballerías, ni el arcádico de la novela pastoril, tampoco se sitúa en el viaje por tierras lejanas como en la novela bizantina.  El Lazarillo es una novela itinerante, es decir, el protagonista se mueve por distintos lugares siguiendo a sus amos, aunque este “viaje” se reduce a una estrecha franja comprendida entre las provincias de Toledo y Salamanca. El Lazarillo se localiza, por otra parte, en un espacio urbano, que facilita la práctica de comportamientos irregulares. Si queréis conocer algo más de esta ruta no os perdáis uno programa que RTVE  dedicó al Lazarillo de Tormes ( La mitad invisible):

En cuanto al tiempo ya se ha señalado que en el Lazarillo se producen desfases entre el tiempo que duran los hechos narrados y el que dedica el narrador, Lázaro adulto, a narrarlos. La infancia de Lázaro, hasta los doce años, ocupa solo unos pocos párrafos. Sin embargo, al corto periodo que pasa con el ciego se le dedican bastantes páginas, así como su estancia de seis meses con el escudero. Con este último es significativa la extensión adjudicada, al principio del tratado III, al tiempo que transcurre desde la mañana hasta la hora de “comer”. Indudablemente, el narrador-protagonista selecciona los acontecimientos que considera relevantes para la explicación del “caso”.

LOS TEMAS DEL LAZARILLO

La obra ofrece, como hemos visto, una dura visión de la sociedad de la época. De los asuntos que el Lazarillo aborda críticamente, en ocasiones con tono humorístico e irónico, cabe destacar tres:

La religión

Desde una postura cerca al erasmismo —aunque con matices, como hemos visto—, el libro recoge la actuación de algunos religiosos cristianos que, alejados por completo de los valores evangélicos, demuestran vivir en función de sus intereses materiales individuales. La avaricia, la falsedad y la lujuria son los vicios más criticados.

La honra

Entendida como opinión que los otros tienen de una persona, se convierte en una obsesión para el personaje del hidalgo. Está asociada en él a las ideas del linaje y la limpieza de sangre, que le impiden trabajar para ganarse el pan y le hacen vivir obsesionado por las apariencias. Frente a esta honra heredada, Lázaro opone la idea de una honra ganada con trabajo, que al final queda ensombrecida por su situación de marido consentidor.

El individualismo

Por un lado, no hay valores universales que muevan a los personajes de la obra: cada uno actúa por sus propios intereses materiales, sirviéndose del engaño y aprovechándose de los otros. Por otro, es la perspectiva individual la que construye el aprendizaje y la visión del mundo del protagonista.

EL ESTILO DE LA OBRA

Conviene advertir la diferencia notable del lenguaje de esta obra con respecto a las narraciones habituales de la época. Si en los relatos sentimentales, pastoriles o caballerescos la norma es el estilo elevado con el uso de un lenguaje refinado alejado de la norma habitual, la lengua del Lazarillo es llana, espontánea y carente de artificiosidad, lo que es coherente con la traza realista de la novela.

La verosimilitud y el decoro poético obligan a emplear un estilo humilde, en concordancia con la clase social del protagonista. Son habituales los giros del habla popular y los refranes. Además, el humor  y la ironía están presentes en numerosos pasajes de la novela.

No obstante, el prólogo está construido de acuerdo con las normas de la retórica clásica y en él el lenguaje es elevado, aunque no exento de ironía.

La lengua del Lazarillo también refleja la duplicidad de su protagonista. Lázaro exhibe un gran dominio del lenguaje, cuyo constante uso del doble sentido, coincide con su comportamiento en «el caso».  La ambigüedad del lenguaje de Lázaro coincide con su ambigüedad moral. Esto se percibe especialmente en los solecismos del texto [3], las expresiones admirativas y de afecto y las expresiones proverbiales que no solo contribuyen a realzar el realismo del personaje (es normal que un personaje sin cultura como Lázaro cometa errores al expresarse) sino que además juegan el papel de la ambigüedad.

El Lazarillo, según hemos visto, tiende a repetir situaciones y escenas, desde el primer al último capítulo, procurando una dispositio basada en la simetría. El procedimiento afecta también a la elocutio y se traduce en el empleo de variados recursos de repetición, que dotan al discurso de gran ingenio e ironía. Nuestro autor pone en práctica a menudo los siguientes recursos:

  • La figura etimológica: «la endiablada falta que el mal ciego me faltaba».
  • La paronomasia: «al tercer día me vino la terciana derecha»; «¿Qué es eso, Lazarillo? Lacerado de mí, dije yo.»
  • La bimembración: «al uno la de mano besada y al otro de lengua suelta», que a veces desemboca en antítesis: «allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera».

Lázaro no acaba por contarlo todo y obliga al lector a reconstruir situaciones que tan solo esboza o insinúa. Este manejo de la elipsis se reproduce a menor escala en su prosa a través del zeugma, en que el narrador hace intervenir en dos o más enunciados un término solo expresado en uno de ellos: «ciñósela, y un sartal de cuentas del talabarte».

Como hemos visto antes, la búsqueda de la verosimilitud y el respeto del decoro poético hace que el protagonista utilice una lengua coloquial y familiar. El autor anónimo emplea palabras bajas como «jarro», «cogote», «narices», «parir»…, pero eleva su lengua a categoría estética, de acuerdo con las pautas marcadas por los humanistas: «escribir como se habla y hablar como se escribe»

La frase presenta una sucesión propia de la lengua coloquial, lejos de la sujeción al modelo latino, que había marcado tan profundamente la prosa castellana del siglo XV.  El autor procura evitar el uso del hipérbaton, en el que solo cae cuando emplea el homeoptoton: «que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide acogiese») o cuando parece caracteriza los hábitos lingüísticos de un personaje como el escudero («sabrosísimo pan está»).

La prosa del Lazarillo, en fin, también resulta precursora de un nuevo estilo para la literatura española.

INTERPRETACIÓN Y SENTIDO DE LA OBRA

Esta novela permite, al menos, tres lecturas distintas, pero perfectamente  compatibles:

  1. El Lazarillo como novela de aprendizaje.
  2. El Lazarillo como crítica social e incluso política.
  3. El Lazarillo como crítica religiosa.

El Lazarillo como novela de aprendizaje

Según el prólogo de la obra, no solo se pretende hacer reír, sino servir de ejemplaridad. El Lazarillo de Tormes es una novela de transgresión: es la justificación de la indignidad y la delincuencia para sobrevivir que acepta la sociedad imperante.

La novela, como hemos visto, narra la evolución del protagonista ab ovo, desde su infancia hasta la edad adulta, ofreciendo un auténtico itinerario pedagógico de perversión. Lázaro pierde la inocencia infantil ya al principio de la obra, cuando el ciego lo golpea la cabeza contra el toro de piedra del puente de Salamanca:

«Paresciome que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice este, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.»

Lazarillo de Tormes es la historia de una corrupción: la miserable vida del muchacho va justificando su progresiva degradación. Sin embargo, cuando el escudero lo trata con amabilidad, Lázaro es my generoso con él, lo que demuestra que su malicia no reside en su temperamento, sino que proviene del maltrato sufrido con los otros amos.  El protagonista va aceptando paulatinamente el esquema de valores de una sociedad en su proceso de integración en el sistema. Al principio, Lázaro se expresa con comentarios y pensamientos: «dije entre mí»; conforme avanza su inserción, hay menos, porque ya no necesita aprender la lección: ya la ha aprendido.

El final de la obra es demoledor: la prosperidad de Lázaro se identifica con su deshonra, con el hundimiento de su dignidad personal  y su aceptación total de la hipocresía y la falsedad como formas de vida.

El Lazarillo como crítica social e incluso política

Desgraciadamente, en el siglo XVI el hambre que obsesiona a Lázaro era un problema muy real. El desprecio por los oficios manuales, así como las sucesivas crisis alimentarias y económicas, habían causado una oleada de pobres que, como el ciego, iban mendigando de un sitio a otro.

Por otra parte, el Lazarillo parodia los nuevos valores humanistas que se habían iniciado en el siglo XVI:

La mentalidad medieval consideraba las clases sociales tan inmutables como el orden cósmico y condenaba enérgicamente la pretensión de ascender en la escala jerárquica; los humanistas, en cambio, a finales del siglo XV, empezaron a introducir nuevos planteamientos, afirmando que la herencia y la fortuna carecían de valor sin la virtud (virtus) y el esfuerzo individual (strenuitas y sapientia). El Lazarillo parece ilustrar ambas posturas.

Nuestro protagonista narra su vida no solo para explicar el «caso», sino como ejemplo de los principios humanistas: «y también porque consideren los que heredaron nobles estados cuán poco se les debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron a buen puerto».

Lázaro habría conseguido, en efecto, ascender algún grado en la escala social: de hijo de un molinero ladrón y de una prostituta ha alcanzado, superando numerosas dificultades, un cargo en la administración pública y la amistad de un personaje de cierto poder; pero, por otro, no parece haber mejorado el estatus de sus padres: la «cumbre de toda buena fortuna» consiste en la boda con una barragana de un cura y el nombramiento de pregonero. La primera lectura concuerda con las ideas humanistas, mientras la segunda se hace eco de la actitud medieval. Pero aún puede pensarse en otra tercera lectura planteada desde las perspectiva del humanismo: Lázaro no asciende porque no ha practicado la virtud.

La causa del deshonor del protagonista encierra una clara alusión a la conducta poco cristiana de su señor y a la connivencia de la ley para con los poderosos: si la justicia se abate sobre el miserable Zaide, nada, en cambio, amenaza al rico eclesiástico.

El concepto de honra también es objeto de la ironía del autor del Lazarillo. La obsesión por la honra es lo que condena al escudero a vivir en la miseria. Por eso Lázaro dice:

«Dios es testigo que hoy día, cuanto topo con alguno de su hábito con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir.»

El Lazarillo como crítica religiosa

El libro critica la  hipocresía, la avaricia, la miseria material y moral y la lujuria de la sociedad, en general, pero especialmente del estamento eclesiástico (cinco de los nueve amos de Lázaro son clérigos).

Hay en el libro una dura crítica a los representantes de la Iglesia que comparten dos rasgos: la avaricia y la lujuria. Esta imagen tan dura de los religiosos entronca con la tradición medieval y, por tanto, carece de cualquier vinculación con un pensamiento reformista, cuyos defensores no reprochaban a los sacerdotes vivir mal, sino «creer mal». como demostró Bataillon. Tampoco es erasmista el uso paródico y cómico de expresiones y fórmulas religiosas.

Sí se vincula con el erasmismo, en concreto con el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam, la conducta del marido complaciente con el engaño de su mujer que, por otra parte, era un ejercicio retórico frecuente entre escritores tanto castellanos como italianos.

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